PAVO REAL

Mi personalidad había llegado al máximo de la diáspora en la que la vuelta de cada una de sus partículas al núcleo llamado “yo” (Simón Antes) ya era imposible. Convertido en un ser disperso, como una leve neblina, pasaba por el mundo sin sombra ni relieve.
“La muerte sólo es cuestión de límites”, había leído en el texto de un poeta del que, como tantas cosas, ya había olvidado su nombre. Y mi límite era aquel: la barandilla del Puente del Extramuro al que estaba asomado mientras observaba en la madrugada el tejido luminoso de la ciudad que se extendía allí abajo. Y más allá de ese otro límite: la negritud.
La humedad me helaba las mejillas, y el frío, o el miedo al viento —¿Por qué no reconocerlo? — que a mí me parecían de muerte. Aunque ni el frío ni el viento siempre sean muerte, hacían que me temblasen las manos apoyadas o pegadas sobre el hierro oxidado:
—Abalanzarme un poco y listo —me dije— ¿Y en qué pensarás mientras caigas? ¿En todas las cosas que aún no sabes? ¿En que quizás deberías haber esperado un poco más para averiguarlas? pero averiguar ¿Qué cosas…? ¿Sobre mí…sobre el mundo?, ya ves Simón, como si a ti aún te importase el mundo. O quizás aún podrías intentar adivinar lo que pensaron en su último momento tantos otros infelices mientras caían por el vacío. Aunque esto último esperas saberlo muy pronto.
Cuando me asomé un poco más, y comencé a sentir el vértigo porque mis pies ya casi no se apoyaban en el suelo, un aleteo aparatoso me hizo girar la vista justo a tiempo de ver cómo un enorme pavo real que descendía desde un lugar imposible, se posaba en la barandilla entre una farola y yo y, como si fuese una estatua se me quedó mirando de perfil con su ojo redondo. Yo retrocedí, ¿Quién era aquel pajarraco para inmiscuirse en el peor momento de mi vida? Digno y altanero miró a su izquierda, donde estaba yo, y luego giró despacio la cabeza hasta la derecha, donde yo no estaba; parecía que memorizase la noche. Después bajó la vista y contempló la ciudad porque sabía bien de qué iba todo aquello. Hizo un gesto rápido con el cuello y desplegó su impresionante abanico de plumas que yo casi veía de lado. Sin saber por qué, di unos pasos hacia atrás para verlo mejor: a cada lado había un dibujo circular que parecía ojos, y eran ojos que me miraban a mi desde el final de un túnel que no acababa nunca: mis propios ojos cuando de niño me ponía frente al espejo a mirarme fijamente para saber qué había al final de ellos, pero, al igual que en aquel momento, jamás pude llegar al sitio donde se inicia todo. Atraído me acerqué un poco más y me quedé perplejo, porque en el centro de su plumaje estaba yo.
A pesar de la escasa luz, vi mi rostro asomado a la misma barandilla que hasta apenas unos segundos antes marcaba el límite final, y junto a mi imagen en el dibujo, estaba también el pavo, pero con las alas plegadas y que parecía irse despacio en vuelo vacío, en vuelo inmóvil, como de águila, hacia la maraña de calles y mundo, llevándose las preguntas y respuestas que yo no me había sabido hacer.
—¡Espera! –le grité al ave del dibujo— ¿Y qué más? —le pregunté, el animal de verdad se giró y se me quedó mirando durante unos instantes, luego, desplegó el abanico, abrió más las alas, se elevó como una cometa de seda, levitaba, y entonces, comenzó a deslizarse hacia las luces de abajo en un planeo silencioso, con él se iba mi imagen y mi persona entre sus plumas. Lo mismo que acababa de ver en su dibujo, se repetía ahora en el puente.
De pronto supe que yo estaba vivo en alguna parte. Me alejé de la barandilla y salí corriendo por el centro del puente hacia las escaleras que me conducirían hasta la ciudad en busca del pavo real, él sabía todo y en su cola estaba escrito el comienzo, el final, y mi porqué, y yo debía encontrarlo a toda costa.
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