
Al girarme me asusté al ver que todo el mar, comprimido en una monstruosa ola, estaba a punto de alcanzarme. Es el fin —me dije.
En la oscuridad había perdido toda referencia cardinal, y comprendí que la única luz en la que podía confiar estaba en mí interior: la de la dignidad.
De pronto sentí que la dignidad es cuando nos tomamos con elegancia la entrada en la zona de esas adversidades que no podemos controlar. Y aquí me irrumpieron en la imaginación los músicos del Titanic, aquellos colegas en el desastre, porque ellos se hicieron inmortales ante una fatalidad que evitarla estaba fuera de su alcance. Sólo que yo no pasaría a la inmortalidad, ni sé de músicas.
Pero seamos dignos y elegantes —tuve tiempo de decirme—, cuando miles y miles de litros de agua ya comenzaban a caer sobre mí. Y ni siquiera tuve un segundo de cinismo para echarle la culpa a alguien; pero no importa, tampoco hubiese sido elegante.
Luis López Sanz
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