
Va a hacer diez años que el poeta Joan Margarit (1938-2021) visitó Tiana, donde yo resido, y quiero recordar aquella tarde especial.
Leyó algunos poemas suyos y luego se abrió un espacio de tertulia, en el que entre cosas, y con absoluta naturalidad, lejos de poses intelectualoides. Dijo que la labor del poeta hace que éste, cuando recita sus poemas, se encuentre a una distancia mucho más corta del lector que la del escritor de novelas o la de un compositor. Lo razonó diciendo que la poesía se escribe para que alguien la lea en soledad, y se requiere esta circunstancia casi necesaria, pero que en un recital, es el poeta el que está sólo frente al lector-oyente, sin intermediarios que interpreten lo que él ha escrito, pero a su vez, el lector-oyente se enfrenta a la voz del poeta, quien le transmite en ese instante sus propias emociones e impresiones más íntimas y las recibe sólo con la mediatización de sus propios sentimientos: penas, alegrías, tristezas, esperanzas…, sin más puentes entre emisor y receptor, entonces, cada persona se convierte en su propio instrumento, y es la persona quien mejor se conoce a sí misma y sabe hasta dónde llega la voz del poeta y qué partes de su conciencia hace vibrar. Y eso no lo sabe nadie más, porque cada quien es único.
Se hablaron de otras muchas cosas, pero ésta fue una de la iniciales y que me ha dado bastante que pensar y creo que aún no he agotado el tema, y hasta es posible que haya colado aquí alguna cosa mía, pues sin quererlo me convierto en el intérprete o intermediario, porque también a mí me hicieron conmover y motivar rincones relacionados con el quehacer poético.
L.L.S.
Imagen: Thougt Catalog
Foto de J. Margarit en Colera (Alt Empordá)
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